lunes, 10 de junio de 2013

 
¡TALLERES DE PSICOLOGÍA PRÁCTICA PARA MAYORES!

Retomamos los talleres, pero eso sí, dando un giro de 180º. En esta ocasión trabajaremos con personas mayores.
 
Normalmente, suelo trabajar con niños y adolescentes dada mi especialización, siendo un trabajo muy enriquecedor en el cuál disfruto día tras día, pero como siempre digo, el trabajo con niños es trabajo con padres y cómo no, también con abuelos.
 
Ahora dada la oportunidad que se me ha brindado, estoy muy contenta de poder trabajar en este ámbito y me gustaría compartir con todos la información.
 
SE DESARROLLARÁN EN EL HOGAR DEL PENSIONISTA DE QUINTANA DE LA SERENA, DE MANERA TOTALMENTE GRATUÍTA.
 
ANIMAR A TODAS LAS PERSONAS MAYORES A QUE SE APUNTEN A TODOS O AQUELLOS TALLERES QUE LES INTERESEN.





MUY PRONTO SE COMUNICARÁN LAS FECHAS
 


jueves, 14 de marzo de 2013

TALLERES PARA PADRES

 
 
NOVEDADES
 
Hola a todos, me gustaría haceros partícipes de un nuevo proyecto. A partir de ahora, se realizarán talleres gratuitos en muchos ámbitos.
 
Empezamos por el tema que a mí más me gusta, los pequeños. Para que los niños crezcan, se desarrollen bien y sean felices, la base de todo es la educación que reciben en casa. Es por eso que me gustaría aportar mi granito de arena e informar y enseñar técnicas, para que pongan en práctica los padres.
 
Os dejo la información a continuación.
 
 
 
 

miércoles, 13 de marzo de 2013

 
Texto adaptado de mi libro preferido,
Se lo dedico a todas aquellas personas que después de leérselo les cambió la cara y me miraron sonriendo =)
 
 
La seguridad: variaciones internas y externas.
En el colegio, hace mucho tiempo, aprendiste  a escribir una redacción. Te enseñaron que necesitabas una buena introducción, parte media de desarrollo bien organizada, y una conclusión. Desgraciadamente, puede que hayas aplicado el mismo tipo de lógica en tu vida llegando a considerar todo el asunto de vivir como una redacción escolar.
La introducción fue tu niñez en la que te estabas preparando para ser una persona. El cuerpo es tu vida adulta, que está organizada y planificada como una preparación para la conclusión que sería la jubilación y un final feliz. El vivir de acuerdo con este plan implica una garantía de que todo estará bien para siempre. La seguridad quiere decir saber lo que va a pasar. La seguridad quiere decir nada de riesgos, nada de excitaciones, nada de desafíos. La seguridad significa nada de crecimiento y nada de crecimiento significa la muerte. Además, la seguridad es un mito.
Mientras seas una persona que vive en esta Tierra, y si el sistema sigue siendo el mismo, nunca podrás tener seguridad. Y aunque no fuera un mito sería una horrible manera de vivir. La certeza elimina la excitación y la emoción… y el crecimiento.
La palabra seguridad en el sentido que la hemos usado aquí se refiere a las garantías externas, a las posesiones como el dinero, una casa y un coche, a baluartes como un buen empleo o una elevada posición en la sociedad. Pero hay un tipo de seguridad diferente que sí vale la pena buscar; y es la seguridad interior que te brinda el tener confianza en ti mismo y en tu capacidad de solucionar cualquier problema que se te presente.
Esta es la única seguridad duradera, la única verdadera seguridad. Las cosas se pueden deshacer; una depresión económica dejarte sin dinero, quedarte sin casa, pero tú puedes ser una roca de autoestima. Puedes creer tanto en ti mismo y en tu fuerza interior que las cosas y los demás te parecerán simples accesorios a tu vida, agradables pero superfluos.
Haz la prueba con este pequeño ejercicio. Imagínate que ahora mismo, mientras lees estas líneas, alguien desciende violentamente sobre ti, te desnuda y te rapta en un helicóptero. Sin previo aviso, sin dinero, nada más que tú mismo. Supongamos que te llevan hasta un lugar de la China Roja y te dejan caer en un campo. Te las tendrías que averiguar con un idioma nuevo, costumbres nuevas, un clima nuevo, y lo único que tendrías serías a ti mismo. ¿Sobrevivirías o te derrumbarías? ¿Podrías hacer amigos, conseguir alimentos, vivienda y otras cosas? ¿O te quedarías simplemente en mitad del campo echado lamentándote sobre lo desgraciado que eres por lo que te sucedió?
Si necesitas seguridad exterior, te morirías porque te habrían quitado todas tus posesiones. Pero si tienes seguridad interior y no le tienes miedo a lo desconocido, entonces sobrevivirías. O sea, que podemos redefinir el concepto de seguridad diciendo que es el saber que puedes enfrentarte con cualquier cosa, incluso con el hecho de no tener seguridad exterior. No caigas en la trampa de este tipo de seguridad exterior puesto que te despoja de tu capacidad para vivir y crecer y realizarte. Echa una mirada a aquella gente que no tiene seguridad externa, gente que no lo tiene todo planificado. Puede que se pasen de listos. Pero por lo menos pueden probar cosas nuevas y evitar caer en la trampa de tener que quedarse siempre con lo seguro.


lunes, 11 de febrero de 2013

El elefante encadenado

Esta vez, vuelvo a repetir con otro cuento de Jorge Bucay.
Todas aquellas personas que lo leen se ven identificadas con el, ya que en algún momento de nuestra vida se nos aparece este pensamiento irracional "No puedo".
Espero que después de leer este cuento, cuando os vuelva a surgir este pensamiento, os acordeis del elefante encadenado.
—No puedo –le dije— ¡NO PUEDO!
—¿Seguro? –me preguntó el gordo.
—Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento... pero sé que no puedo.
El gordo se sentó a lo Buda en esos horribles sillones azules de consultorio, se sonrió, me miró a los ojos y bajando la voz (cosa que hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente), me dijo:
—¿Me permites que te cuente algo?
Y mi silencio fue suficiente respuesta.
Jorge empezó a contar:
Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado—
Hice entonces la pregunta obvia:
—Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre— que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
—Y así es, Demián. Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.
Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez, probamos y no pudimos…Hicimos, entonces, lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo:
NO PUEDO... NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ
Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar.
Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma:
¡NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ!
Jorge hizo una larga pausa; luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió:
Esto es lo que te pasa, Demián, vives condicionado por el recuerdo de que otro Demián, que ya no es, no pudo.
Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón...
...TODO TU CORAZÓN.

Las ranitas en la crema

Hace ya algunos años, leí el libro de Jorge Bucay que más me gusta "Déjame que te cuente" y entre muchos relatos, tengo especial predilección por algunos.
El que os escribo a continuación es uno de ellos,
¡Espero que os guste!
 
 
Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de crema.
Inmediatamente sintieron que se hundían; era imposible nadar o flotar mucho tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos patalearon en la crema para llegar al borde del recipiente pero era inútil, sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sintieron que cada vez era más difícil salir a la superficie a respirar.
Una de ellas dijo en voz alta:
—No puedo más. Es imposible salir de aquí, esta materia no es para nadar. Ya que voy a morir, no veo para qué prolongar este dolor. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril.
Y dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.
La otra rana, más persistente o quizás más tozuda, se dijo:
—¡No hay caso! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo ya que la muerte me llega, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quisiera morir un segundo antes de que llegue mi hora.
Y siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar un centímetro. ¡Horas y horas! Y de pronto... de tanto patalear y agitar, agitar y patalear... La crema, se transformó en manteca.
La rana sorprendida dio un salto y patinando llegó hasta el borde del pote.
Desde allí, sólo le quedaba ir croando alegremente de regreso a casa.